Ya no siento nada por ti


Ya no siento nada por ti

Estábamos echados en el sofá como todas las noches, hablando de cómo había ido el día. Yo le contaba sobre la novela que estoy escribiendo y él me describió las conversaciones que había mantenido aquel día en la oficina. Y de repente me preguntó, medio en broma, medio en serio, que cuáles eran mis sentimientos hacia él.

Me giré, le miré y dije todo intrigada: “¡Imagínate si te digo que ya no siento nada por ti!” A él le entusiasmó la idea y empezamos a jugar con esta posibilidad que se convirtió en un relato corto.

“Estábamos echados en el sofá como todas las noches, hablando de cómo había ido el día. Ella del nuevo capítulo de su novela y yo de los encuentros de la vuelta de las vacaciones en la oficina. Un viaje al Caribe, una lesión de tobillo y dos separaciones. Detalles de una cotidianeidad llevadera y sencilla.

Después de un rato le pregunté cuáles eran sus sentimientos hacia mí. Una de esas preguntas medio en broma, medio en serio que uno piensa que no está de más hacer de vez en cuando. Ella giró su cabeza hasta ponerla frente a la mía y me respondió que ya no sentía demasiado por mí. Me empecé a reír, ¡ella y su gran sentido del humor!

Fue graciosa su respuesta, acentuada por esas pausas que hubo justo antes y justo después de tan inesperada contestación. No pude dejar de reír mientras volví a insistir, porque quería saber cuánto me quería de verdad, cómo definiría sus sentimientos hacia mí, a pesar de lo volátiles que son estos a veces. Quería saber cómo los definiría esa noche en concreto. Así que repetí la pregunta.

Me respondió que lo había estado pensando. Mucho. Que creía que ya no me quería. Que hacía un tiempo ya que había dejado de hacerlo.

Me dejó sin palabras. Por un instante.

Después ya no pude evitar la sonrisa, porque hasta se le trababa la lengua con tanta broma. Fue muy divertido. La miré sonriendo. Su pelo rubio, sus ojos verdes y su amor por el humor negro. Sé que lo utilizaba cuando uno menos lo esperaba. Era capaz de sacar chistes hasta de los temas más escabrosos. Una vez en un funeral esa complicidad nuestra nos permitió reírnos hasta de la muerte. Igual que nos reímos, lloramos por nosotros mismos, concluimos aquella tarde de invierno. Siempre viviendo al límite, así es ella.

Entre la conversación y sus bromas, el capítulo de “Masters of Sex” que empezamos a ver había terminado. No nos dimos cuenta. Ella siguió hablando, ya sin mirarme a los ojos. Me dijo que había conocido a otro hombre y me contó una historia sobre una cena no sé dónde con amigos de la facultad que yo no conocía. ¿Otro hombre? Era imposible. Sabía que bromeaba.

Es muy cómica, le encanta gastar bromas y todo casi sin inmutarse. Creo que es la persona con la que más me he reído nunca. Tiene tanta imaginación.

Esta mañana, por ejemplo, se levantó temprano, abrió la maleta roja, la grande, y puso toda su ropa dentro. La de invierno y la de verano.

– ¿Dónde vas con el abrigo si estamos en agosto? –  le pregunté, pero solo me miró con sus ojos brillantes. Supuse que lo utilizaría para gastarle una broma a alguien de la universidad.

Al rato desayunó, y seguía sin muchas ganas de hablar. Yo tomé mi café a su lado pensando en esos muñecos que imitan a bebés de verdad y vuelven locas a algunas mujeres de cierta edad en Alemania.

Luego ella salió con la maleta y como es tan despistada, dejó sus llaves en el llavero. Pensé que tendría que recordárselo más tarde, de nuevo, para que no se agobie buscándolas en su bolso enorme.

Antes de salir para la oficina volví al salón por un libro para leer en el metro y vi que había dos cajas cerradas en el suelo. Levanté la mirada y en la estantería faltaban bastantes libros. Faltaban sus libros. Pensé que los había escondido en aquellas cajas pero no me sentí con ganas de comprobarlo. Es su broma, ella sabrá lo que hace.

Simone de Beauvoir, nuestra gata, me miró de manera extraña, había una mezcla de arrogancia y lástima en sus ojos también verdes. Tan linda, pensé y me hizo sonreír.

Esta tarde, al volver de trabajar, entré a nuestro dormitorio para cambiarme de ropa. Abrí los cajones y vi que tampoco estaba su ropa interior. Empecé a reírme de nuevo. Tiene un sentido del humor exquisito. No hay nadie como ella. De hecho, no hay nadie.

Llevo todo el día sin saber de ella. No me contesta los mensajes aunque está en línea, no me toma las llamadas ni me avisa si llega tarde para cenar. Pero el brócoli se está enfriando. Y la broma empieza a dejar de tener gracia”.

La historia es un ejercicio de humor absurdo pero a la vez resulta inquietante y trágica porque podía pasar. De verdad. A cualquiera. Y la publiqué en Facebook (porque estamos en siglo 21 y si no estás en Facebook, no existes y etcétera).

Las llamadas y los mensajes de preocupación no tardaron en llegar. ¿Está todo bien? ¿Ha pasado algo? ¿Lo dejaste? ¿Por qué? No comprendimos nada. Si es claramente ficción, un ejercicio literario, ¿por qué la gente reacciona como si fuese la verdad?

Volví a leer el texto. Hay similitudes, sí, como mi trabajo, mi aspecto o el hecho de estar en una relación, pero no es razón suficiente para pensar que el texto cuenta la realidad. Entonces, ¿por qué?

¿Es porque solemos creer lo que leemos en Internet sin cuestionarlo? Si es así, mal vamos. ¿Es porque nuestra capacidad de distinguir entre la ficción y la realidad está mermada como consecuencia de deterioro del pensamiento abstracto como auguró Giovanni Sartori? Si es así, vamos peor. Sin embargo, también puede ser el miedo inconsciente ante la respuesta que recibiríamos si hiciéramos la misma pregunta a nuestra pareja. ¿Y si me contesta que ya no me quiere?

Interesante.

Aunque tal vez, lo más seguro, es que nuestras amistades y la familia simplemente creen que es lo más probable que nos pase en nuestra relación y llevan esperando la noticia de la ruptura desde hace tiempo. Y las preguntas “¿Está todo bien?” y “¿Lo dejaste?” son solo un disfraz para frases como “¡por fin!”, “¡ya era hora!”, “¡te lo dije!”, “¡lo sabía desde el principio!” que en una convivencia cívica no nos permitimos expresar. Al menos no en voz alta.