Una obsesión llamada Clarice


Una obsesión llamada Clarice

No me la saco de la cabeza. Eran diecisiete. Leí diecisiete cuentos suyos, la mayoría de ellos extraños, exigentes hasta el extremo, pero con eso me bastó. Caí exhausta, satisfecha y feliz ante tanta belleza, ante tanta enormidad sobre mi cama y cerré los ojos. Esto fue hace dos días y cincuenta páginas de una novela francesa. Desde entonces no dejo de pensar en ella.

No puedo dejar de pensar en ella.

Digo su nombre en voz alta, Clarice Lispector. Y lo digo varias veces porque mi lengua hace piruetas, se atasca, por momentos parece demasiado grande y torpe, le cuesta acostumbrarse a su nuevo amor, pero es importante. La lengua es importante para el amor. Así que pronuncio su nombre lentamente, letra por letra, tecla por tecla, hasta provocar una melodía. Su nombre no tiene armonía, lo sé, todo el mundo lo puede ver, y sin embargo, para mí, desde hace dos días y cincuenta páginas de una novela francesa, tiene toda la música del mundo.

Estoy fascinada, despierto de una manera nueva. Estoy excitada.

Quiero volver a leerla. Es más, quiero meterme en ella, muy adentro y entonces abrir los ojos. Y perderme. Perderme en su universo para encontrarla y para encontrarme. Quiero que me toque en lo más hondo de mi ser que también es el suyo. Quiero envolverme en sus locuras y gozar, y reírme, estremecerme con su voz. Y sentir. Sentir en mayúsculas. Es mi piel erizándose bajo su ritmo precioso y es precioso porque es libre. No imita a nadie. No podría, es imposible. Es la creación en carne viva. Es Sveglia.

“¿Quieren ver qué es Sveglia? El fútbol. Pero Pelé, en cambio, no es. ¿Por qué? Imposible de explicar. Quizás porque no ha respetado el anonimato. La discusión es Sveglia. Acabo de tener una con la dueña del reloj. Yo dije: ya que tú no quieres dejarme ver el Sveglia, descríbeme sus discos. Entonces ella se puso furiosa — eso es Sveglia— y dijo que tenía muchos problemas —tener problemas no es Sveglia—.”

¿Lo ven? ¿Lo sienten?

De esto hablo cuando hablo de ella. Primero hay silencio, una pausa que se hace eterna entre dos notas, pero al final llegas. Ella siempre te lleva ahí. Y te sientes salvada, privilegiada e inmensamente dichosa porque ella ha conseguido producir lo irreproducible: ahí, en sus textos está el alma. ¡El alma!

Luego dice que lo suyo es un “no estilo”. Cuando lo suyo es la vida.

“Yo no estoy de acuerdo en eso de que lo cierto es ser infeliz, Eduardo. Quiero gozar de todo y después morir y que me dañe, que me dañe, que me dañe. Sé bien que la vieja es capaz de ser infeliz sin saberlo. Pasividad. Y no entro en eso tampoco, nada de pasividad, quiero tomar un baño desnuda en el río barroso que se parece a mí, ¡desnuda y libre! ¡Viva! ¡Tres vivas! ¡Lo abandono todo! ¡Todo! Y así no soy abandonada, no quiero depender sino de unas tres personas, y el resto es: Buenos días, ¿todo bien? Todo bien. Edu, ¿sabes? Te abandono.”  

¿Quién, en su sano juicio, no habrá sentido y pensado y decidido alguna vez, como la maravillosa Ángela Pralini en ese cuento llamado “La partida del tren”? Díganme, ¿quién?

“Desde que descubrió -pero lo descubrió realmente con espanto- que iba a morir un día, desde entonces no tuvo más miedo a la vida, y a causa de la muerte, tenía derechos totales: lo arriesgaba todo. Después de haber tenido dos uniones que habían terminado en nada, esta tercera que terminaba en amor-adoración, cortada por la fatalidad del deseo de sobrevivir. Eduardo la había transformado: la hizo volver los ojos hacia adentro. Pero ahora miraba hacia afuera. Veía a través de la ventana los senos de la tierra, en las montañas. ¡Existen pajaritos, Eduardo! ¡Existen nubes, Eduardo!, y cuando yo era una niña cabalgaba a la carrera en un caballo desnudo, sin silla. Y estoy huyendo de mi suicidio, Eduardo. Disculpa, Eduardo, pero no quiero morir. Quiero ser fresca y rara como una granada.”

Todo el mundo quiere enamorarse de alguien de esta manera. Ella y él y tú y yo. ¡Confiésenlo! Todo el mundo. Aunque nos dé miedo una entrega de estas dimensiones y sintamos vértigo e intuyamos que no siempre sea del todo sano. Pero el caso es, y lo sabemos, que la alternativa es muchísimo peor.

Tengo que volver a ella, pienso al levantarme, al comer, al meterme en la cama desde hace dos días y cincuenta páginas de una novela francesa. Con cada texto nuevo me enamoro más. Porque me comprende. Y yo a ella.

“Ahora voy a parar para profundizar un poco más. Después volveré.” 

Escribe la genio en “Agua Viva”. Mientras voy pasando páginas de este libro revelador y brillante me encuentro con sensaciones e inquietudes muy familiares, demasiado, hasta sus manías son mías. Y una idea extraña, una idea loca, lo sé, se me cruza por la mente. Clarice Lispector, que nació en Ucrania, pienso, murió en Brasil el 9 de diciembre 1977. Yo nací en Estonia, muy cerca de Ucrania, el 7 de agosto 1978. Exactamente 9 meses después. ¿Lo ven? Es la misma alma.

Bien. Voy a parar también. Creo que es lo mejor.

Después, dentro de dos semanas, volveré. Y diré:

“Ya he vuelto. He estado existiendo.”