Mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado


Mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado

Estoy bloqueada. De hecho, llevo cinco años bloqueada. Los mismos cinco años que llevo diciéndome a mí misma que estoy escribiendo la segunda parte de mi libro sobre Uganda, “¿Quién teme a África?” Aún permanezco en la primera página.

De vez en cuando –y no todos los días– miro esa página casi vacía en donde está la genialidad en forma de aforismo de Rafael Sánchez Ferlosio que encontré hace unos años y que resume mi libro de manera inmejorable: “Mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado”. Leer esa frase me provoca una inevitable caída en un pozo de dudas que tampoco son dudas, sino verdades inmutables. Me pregunto ¿cómo seguir escribiendo después de esto?, y aun así me pongo metódica, seria, razonable.

Lo primero que hago es averiguar a quién le interesa Uganda.

Y sigue un silencio. Un largo silencio. Unos ojos que empiezan a buscar en la habitación, luego saltan fronteras, miran el mundo para volver y contestar con sinceridad: a nadie. Bueno, casi a nadie.

Perfecto, me digo, puedo con esa verdad muy poco esperanzadora. Entonces, ¿cómo hacer que les interesase? ¿Acercarme a la historia desde el punto de vista social-político-cultural, o a través de algo personal? ¿Escribir en tono cómico, caricaturizando la experiencia, o dejarme llevar por el sentimentalismo arriesgándome a parecer patética? Y, evidentemente, no quiero parecer patética.

Por el otro lado, ¿no hay ya demasiadas historias de una blanca descubriendo un país africano? Sí, bastantes. Entonces, ¿cómo hacer que la mía fuese universal? ¿Cómo mi libro podría ser diferente?

La primera parte no lo hizo.

“Y no fue porque estuviese mal escrito”, me consoló mi editora y le agradecí entre dientes por el cumplido. “Es que a la gente de ahora le interesan otras cosas. El mundo de los libros es una lotería, ya lo sabes. Sigue probando. La próxima vez tendrás mejor suerte…”

O no.

Son cinco años y sigo sin respuestas. Y he probado de todo. Es decir, devoro libros con la esperanza de aprender, encontrar la clave, descifrar el enigma. Dibujo esquemas, visualizo la estructura, hago círculos de colores alrededor de nombres y acontecimientos relevantes. Además, leo todos los consejos de escritores y escritoras famosas que circulan por Internet. Entre ellos un video muy corto e ilustrativo de Kurt Vonnegut sobre cómo escribir un buen relato corto, o en la clave moderna del storytelling –que es lo mismo que contar historias, pero en cuanto lo dices en inglés suena automáticamente que estás en la onda y yo, claro, lo estoy– veo el TEDx Talk de Andrew Stanton que se titula “Las claves de una gran historia”. Pero me dejan en el mismo sitio que antes. O en uno peor, ya que no me parecen los mejores consejos y por lo tanto, nunca podré escribir una gran historia.

Aceptación. Renuncia.

La segunda parte se quedó en el olvido. En una de las carpetas de mi ordenador que no suelo abrir y cuyo nombre cambié de “Uganda” a “Enigmas” para no sentirme culpable cada mañana antes de ponerme a mirar el Facebook o leer artículos y cuentos geniales escritos por gente maravillosa con vidas plenas, llenas de creatividad y buenas ideas. Reconocidas por su talento. Bien renumeradas. Gente que escribe de verdad.

Hasta que me dieron una subvención y una fecha límite para acabar esa segunda parte.

“Por fin la motivación que necesitas”, dijo la editora. “Y así el libro estará completo y acabamos con esta pesadilla que se está alargando demasiado”.

No le pregunté si hablaba de la pesadilla que esto estaba siendo para mí o de la suya propia. No importa, tiene razón. Puede ser el último empujoncito que necesito para ponerme a escribir.

Así que, acto seguido, salí a caminar. Las montañas están a cinco minutos de mi casa y mis pies me llevaron subir cuestas y bajarlas durante una hora y media. Empecé a jadear por el esfuerzo. El sol se había escondido, una manta gris de nubes tapó el cielo y el viento estaba furioso a ratos. Me pareció apropiado para ilustrar mi situación, así que seguí caminando, peleándome con el destino.

Y de repente, luz.

¿Puede ser que ese anhelo mío de innovar, de ofrecer algo nuevo, distinto, sorprendente en cada nuevo texto, esa creencia de una posible explotación de una supuesta creatividad aumentada, mejorada, perfeccionada e infinita es sólo un mito bloqueador, una fantasía irrealizable? Igual que la leyenda de un crecimiento económico ilimitado que sabemos falso, peligroso y contraproducente para la vida. Y, sin embargo, lo creemos. Votamos a la clase política que nos habla del crecimiento económico como un valor, el valor sobre todas las otras cosas, sabiendo que tiene consecuencias nefastas. ¿Por qué nos hacemos esto?

¿Por qué me hago esto?

Las cosas deben ser más simples, más fáciles. A ver, ¿y si dejo de lado mis aspiraciones de escribir un texto con conciencia política y social, me olvido de mis ganas de meter mensajes reivindicativos en él, empujo muy lejos esa sensación de que a nadie le interesa Uganda, y solo trato de contar una buena historia?

No. La palabra “buena” sale sobrando. Es un juicio de valor, algo muy subjetivo.

A ver qué pasa si sólo trato de contar una historia.