La ‘guerra contra el terrorismo’ y un terremoto personal


La ‘guerra contra el terrorismo’ y un terremoto personal

No sé por dónde empezar. Y no lo sé porque ya no sé qué es lo importante, lo prioritario. No sé qué es lo correcto. Si soy sincera, y en esta mañana soleada hay que ser sincera, me gustaría empezar por dibujar la línea de tu boca con mi dedo. Sí, igual que Cortázar. Y Lispector y Pizarnik y Benedetti y Belli. Creo que todos ellos, en vez de pensar, analizar y reaccionar ante las últimas noticias, empezaban sus días con investigaciones y exploraciones corporales, sensuales y emocionales. Sospecho que llegaron más cerca del sentido de las cosas –del sentido de la vida– que muchos de nosotros.

A mí también me gustaría comenzar por este paraíso personal que existe aquí y ahora, bajo las yemas de mis dedos, en tu piel, en esta casa preciosa, pero me tildarían de sentimental, de superficial, de poco consciente –dada la reciente actividad de ISIS, encarnación contemporánea del Diablo en la Tierra que sustituye a Osama Bin Laden. Porque lo que de verdad importa –me advertirían desde los partidos políticos, las páginas de los periódicos, los columnistas, los analistas, los reporteros de la guerra (sí, en género masculino) y los grupos de activistas– son las utopías colectivas.

Si ellas no están libres, tú no lo estarás tampoco. ¡Jamás!

Ya lo dijo el pastor Martin Niemöller (en un poema erróneamente atribuido a Bertolt Brecht): “Primero se llevaron a los comunistas, pero a mí no me importó porque yo no era. En seguida, se llevaron a unos obreros, pero a mí no me importó porque yo tampoco era. Después detuvieron a los sindicalistas, pero a mí no importó porque yo no soy sindicalista. Luego apresaron a unos curas, pero como yo no soy religioso tampoco me importó. Ahora, ahora me llevan a mí, pero ya es muy tarde…

Y lo sé, ya sé que no debería, pero tú y yo y esta mañana ligera…

‘Quedarte en tu paraíso individual, construir tu fortaleza individual es el logro más dulce de neoliberalismo’, dicen las acusaciones que vienen de mis entrañas, de mi mente que no sabe parar. Entonces siento un desasosiego palpitante, rutinario. ‘Qué más da lo que piense la gente’, dice casi al mismo tiempo otra voz interior y le doy la razón. Pero depende, me digo. Depende de qué gente, en qué situación, con qué fines.

Y no empiezo dibujando esa línea de tu boca porque no soy Cortázar. Porque nadie es valiente todo el tiempo. Porque desde los ataques de París cada vez que abro los periódicos los dirigentes me hablan de que van a “ser implacables contra los bárbaros” que “atacan los valores occidentales”, mientras la gente y los medios aplauden con fervor esta declaración de “guerra contra el terrorismo”, y mi propia escala de valores empieza a temblar. ¿De qué valores occidentales hablan, cuando todos los días muere gente de Siria, de Líbano, de Iraq, de Kenia a causa del terror?

¿Qué guerra contra el terrorismo, si todas las guerras son el terrorismo?

Me sacude un terremoto personal que amenaza con convertirse en perpetuo, porque la guerra es interminable, porque los ataques terroristas son continuos, porque las élites me hablan de la libertad y de la democracia en lenguaje bélico, en términos militares que me ponen los pelos de punta. Me quieren atemorizada, recluida en mi paraíso individual para que mi cuerpo y mi voz no estorben. Desde el interior de esa fortaleza, las protestas, la indignación y el dolor no llegan a los oídos ni a los ojos ajenos. Las calles y las plazas se quedan vacías, silenciosas.

Igual que en el toque de queda.

La selva es así: cada una y cada uno lucha por sí mismo, por su paraíso. Cuerpo a cuerpo. El mito neoliberal promete con una sonrisa eterna que sobreviven las mejores, las más fuertes, las más astutas. Las personas que lo merecen, las que valen la pena. Si te matan, si estás muerta, es porque no eras lo suficientemente buena o necesaria. Que eras ‘menos vida’ incluso antes de morir. En palabras de Judith Butler: “Si nos hacen creer que la vida de alguien era una ‘amenaza para la vida de los demás’, entonces no reconoceremos esa primera vida como tal. Cuando una población se defiende de una amenaza, el Estado puede decir a la gente: ‘No, no hemos destruido la vida de alguien, sino que hemos defendido la nuestra’. En este terreno, el Estado está cambiando la palabra ‘vida’ por ‘perteneciente a la nación-Estado que debe vencer’. Sólo si perteneces a la nación-Estado que mata a quien le amenaza, tendrás una ‘vida’. Porque la vida del que quería matarte a ti deja de ser reconocida como tal”.

Pero tú y yo, en esta mañana soleada, somos vida. Esto es vida. Y me gustaría empezar por aquí. Pero ya no sé si sería lo correcto. Si esto es lo importante, lo primordial.