El gran problema desapercibido


El gran problema desapercibido

Ese mismo viernes le sucedió algo parecido al eclipse solar parcial. En Ciudad de Panamá llovía, en Bogotá hacía un calor infernal, en los Andes apretaba el frío, pero nadie, quienes levantamos la vista, pudimos ver claramente que la luna, mucho más pequeña, tapaba una parte del gigante sol. Aún sabiendo que eso era justo lo que pasaba allí arriba, no éramos capaces de verlo. Porque nuestros ojos, entre tantas sombras, ilusiones ópticas y ceguera aprendida, no lo ven todo. O lo ven distorsionado. Y a menudo no sabemos poner nombre a lo que miramos.

Faltan palabras, se excusan algunos y algunas, aún cuando hay palabras de sobra. Unas 88 mil en castellano, según la Real Academia Española y unas 25 mil más según las calles asfaltadas de las grandes ciudades de todo el mundo. Las lenguas son ricas y abiertas. Entre todas esas connotaciones bipolares, sobreentendidos adquiridos, metáforas inventadas y significados simbólicos, la lengua abarca mucho más de lo obvio, de lo comprensible a primera vista. Aunque su uso no suele ser neutral ni siquiera inocente, porque el lenguaje es un instrumento de poder que perpetúa la jerarquía en función del sexo, ocultando, omitiendo y sometiendo sistemáticamente al género femenino. Pero, y allá la paradoja, lo llamamos lengua materna. Lo llamamos lengua materna sin darnos cuenta que cada vez que hablamos, seguimos creando y reproduciendo el pensamiento, la cultura, la perspectiva androcéntrica.

Pero la culpa no la tiene la lengua, porque palabras hay. Otra cosa es que haya voz, especialmente si esa voz es femenina, de color y pobre. La voz y el voto. El voto y por lo tanto el poder. Poder tomar la palabra, nombrar las cosas, los fenómenos, las personas. Visibilizarlas, porque sin nombre no significan nada, no es posible pensar en ellas. Sin nombre no somos nadie.

Laura, Nancy, Silvia, Amalia, Esmeralda y cientos de miles de nombres más en las cruces blancas, grises y rosas de los cementerios de cada rincón de este bello planeta. Aún siendo mudas hablan de las vidas arrancadas violentamente, del vergonzoso silencio social y político, de las manos y almas manchadas de sangre de todos los hombres que no aman a las mujeres. Ni en sus casas, ni en la calle, ni en las escuelas, ni en las oficinas de poder que huelen a cuero y a perfume caro. Laura, Nancy, Silvia, Amalia, Esmeralda y cientos de miles de nombres más hablan de uno de los grandes problemas de esa gran humanidad nuestra, hablan de poder violento, sistemático y estructural del patriarcado misógino. Hablan del poder que odia y mata a las mujeres.

En Oaxaca, un estado federal de México de 3,8 millones de personas, hubo la noche anterior al 25 de noviembre una marcha con más de 500 veladoras y 88 cruces. Una marcha fúnebre y silenciosa gritando a los cielos, al universo entero el nombre del Gran Problema. Porque sin nombrarnos no existimos, no tenemos voz. Y si no tenemos voz, ¿para qué sirve la lengua?

Con su pelo rizado, alborotado María Inés Portillo ofrece una reflexión sobre ello con su obra de teatro “La lengua cosida” en los escenarios legendarios de la capital de la provincia de Buenos Aires y cuya entrada se consigue por un alimento no perecedero o pañales para las casas de acogida. Al personaje de la obra, se llama Visitación, le cuesta hablar, está tensa, nerviosa, sufre una constante opresión en el pecho, una angustia que le impide vivir relajada, feliz. Un estado del cuerpo y de la mente conocido, normalizado para millones de mujeres. De chica, Visitación se cortó la lengua y se la tuvieron que coser, hecho que la obligó a permanecer callada. Pero esa lengua cosida, esa boca cerrada, recobra otro significado después de un ataque sexual aberrante que le llena de rabia, miedo, impotencia y dolor. Visitación lucha y vence, consigue quitarse la mordaza, se atreve a denunciar. Parece preguntarse a ella misma y a toda la humanidad, ¿para qué sirve la lengua, si no la usamos?

¿Para qué sirve tener voz?

La cantante cubana Haila María Mompié contesta declarando alto y claro: “¡Yo digo no!”, mirándote de tal manera que sus palabras quedan marcadas en el alma de cualquiera que la ve. Lo mismo pasa cuando Olga Tañón exclama con esa potente voz suya que basta, basta ya y lo hace en Guatemala, un país hermoso y brutal, dónde asesinan a más de 600 mujeres al año. Mientras la voz de la juventud suena en El Salvador con sus rostros reflejando determinación, aún cuando la tristeza llena sus miradas y la seriedad ha borrado la sonrisa de sus bocas, pidiendo no más abusos, agresiones, heridas. No más niñas, adolescentes ni mujeres anuladas ni más impunidad, no más violencia contra las mujeres. Ya no. Lo firma un millón de veces el profesorado comprometido de México, y otro millón de mujeres y hombres de la República Dominicana, un país donde ser mujer en ese espacio que llamamos hogar es más peligroso que en cualquier otro lugar de América. Igual que usan sus voces las y los artistas, acompañadas por el fresco del invierno en las murales de la Ciudad de México para sensibilizar a la población sobre la violencia que sufren las mujeres y las denuncias que pueden hacer.

Mires a donde mires se oyen palabras de indignación, coros, bancos de voces de protesta, que se encuentran, se entremezclan, se unen cobrando aún más fuerza en tantas plazas, parques, en tantas calles de tantas ciudades. ¡Es imposible que no se nos oiga!

Si en ese momento nuestras voces multiplicadas se hubieran transformado en mariposas majestuosas, en honor a las hermanas Mirabal, hubiéramos podido hallar en todo su esplendor ese baile de luces, esa geografía de caras, ese hervor de movimiento en el corazón de las ciudades de la región. Ciudades que no fueron construidas pensando en las mujeres ni por lo tanto son seguras para vivir en ellas. Y justo después de haber alzado el vuelo hubiéramos visto como en Quito, igual que en Cuernavaca, la gente exige una ciudad segura para las mujeres y las niñas, para poder andar tranquilas en las calles, sin acoso disfrazado de piropos, sin temor de ser toqueteadas, sin la amenaza constante de violación. Porque estas venas de la urbe, por las que corre la vida, les pertenecen también a ellas, porque la ciudad también es nuestra. Con sus casas grandes y blancas, con sus cristales limpios de cortinas de seda, con sus edificios grises y viejos, el color de la fachada lavado por el sol, con sus tiendecitas en ruinas, sus vendedoras y vendedores somnolientos entre olor a comida, con sus ecos de los pasos en el asfalto, sus ventanas minúsculas, cuyos rotos se tapan con trozos de cartón, con sus balcones diminutos dónde entre el ruido y el humo del tráfico seca la ropa que huele a limpio.

De ahí hubiéramos seguido hacia el norte para ver la rodada de las motoristas mexicanas, todas con sus jeans azules, cabello suelto y chaquetas de cuero negro, denunciando junto con numerosas caminatas, marchas y carreras populares en diferentes puntos del mapa global la invisibilidad, el silencio y la impunidad del Gran Problema. Giraríamos hacia el sudeste para admirar el recorrido de grupos de jóvenes por las calles de Cartagena, Pasto, Bogotá, Medellín y Pereira, las ciudades colombianas con más casos registrados de violencia hacia las mujeres. Llevaron un ataúd de color marrón brillante y dos paletas que invitaban a enterrar las frases de cajón, enterrarlas para siempre. Esas que perpetúan el maltrato a las mujeres, que nos denigran, nos ofenden, nos insultan con ese machismo aún latente en las costumbres del lenguaje y del pensamiento. Las jóvenes colombianas de Pereira, para llegar donde estaban los hombres, tuvieron que subir por la Circunvalar, una calle muy concurrida y donde se encuentran varios establecimientos públicos vendiendo licor. Esa noche recolectaron cerca de 500 frases y enterraron las justificaciones, las excusas, los mitos que libran de la culpa a los culpables, minimizan la importancia de la violencia ejercida sobre las mujeres, responsabilizan a las víctimas.

Porque no, la conducta violenta no es innata al hombre, el abuso del alcohol o drogas no causa el maltrato, no es un problema privado que se manifiesta en casos aislados y no, los ataques de celos no demuestran el amor que sienten por ellas. Los celos jamás demuestran amor. Sino la inseguridad sobre uno mismo y la consecuente necesidad de control y poder sobre la pareja, percibida como una pertenencia personal. Y eso tiene sus raíces bien arraigadas en uno de los mitos más antiguos y universales, común a tantas culturas de muchos tiempos y de diversos lugares. Es el mito estelar del patriarcado, millones de veces repetido para que parezca verdad, que las mujeres somos todas iguales y todas merecemos ser aleccionadas, castigadas. Porque no existen mujeres, afirma el mito patriarcal, que no resulten sospechosas de mala conducta pasada, presente o futura. Lo que hayamos hecho o lo qué podemos llegar a hacer.

Y por eso se oye desde las plazas principales, las calles estrechas de Chile, Perú, Nicaragua, Bolivia, Costa Rica y Uruguay: “¡Cuidado, el machismo mata!”. Mata igual que el silencio, mata cada día. Lo repiten las mujeres kirchneristas en frente de la Casa de Las Leyes, y no dentro, porque pueden, porque deben, porque están vivas en Argentina, donde asesinan a una esposa, novia, hermana, hija, madre, amiga cada 30 horas.

Cada 30 horas.

Eso asusta, enfurece, duele. Y, sí, también da miedo. Dice Eduardo Galeano que los hombres temen a las mujeres sin miedo. El sistema de patriarcado en su totalidad se basa en el temor, por eso no paran de amenazar, intimidar, abusar para aleccionarnos, para que no perdamos el miedo. Muchas en todo el mundo han asimilado de esta manera, a base de malos tratos psicológicos, físicos, sexuales y simbólicos la violencia como algo natural por merecido, por razón de su sexo, raza, nacionalidad y clase. Porque el miedo, igual que el lenguaje, es la gran herramienta de control y por lo tanto de poder, cuya forma más sublime es cuando se pega a la piel y se hace invisible. Invisible, aunque esté en todas partes. Y es mucho más difícil luchar contra un enemigo, un mal, un estado de cosas que no puedes ver fácilmente ni distinguir, porque ha estado allí desde que naciste, desde que nació tu madre, desde que nacieron tus abuelas. Además para arrebatarte cualquier posibilidad de vivir fuera de ese contexto de agresiones constantes, para cerrarte de golpe la escapatoria, te aseguran que son imaginaciones tuyas, que estás loca, que realmente todo esto no existe.

Sin embargo, existe.

Desde tiempos remotos. Porque analizando las páginas de historia vemos cómo se invisibiliza, se ignora, se menosprecia o se rechaza sistemáticamente la participación de las mujeres en la economía, en la política, en la ciencia, en la filosofía, en la cultura, en todos los ámbitos de la vida social. Al mismo tiempo que se refuerza el papel secundario, tradicional y predeterminado al género femenino con las frases tópicas de “detrás de cada gran hombre hay una mujer”, “el marido es la cabeza de la familia y la mujer el cuello” limitando sin ningún tipo de vergüenza ni bochorno visible nuestra identidad, nuestro propósito en la vida a la altura del respaldo de una silla.

¿Cuántas mujeres excepcionales, ilustres, hay en los libros de colegio de nuestras hijas e hijos? ¿Cuántos nombres de ellas sabe recitar de memoria un ciudadano o ciudadana media? ¿Cuántas expertas en política exterior o la crisis económica vemos en estos turbios momentos de cambio en las pantallas de plasma de nuestros televisores dando su valiosa opinión? Lo preguntaron en varios debates y diálogos celebrados en México, en el marco del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, para denunciar el silencio forzado, las voces ahogadas, discriminación, descalificaciones, agresiones verbales y físicas, el acoso político que aún padecen las mujeres en pleno siglo XXI.

En vez de expertas, especialistas en los grandes temas de la actualidad, sufrimos en los medios de comunicación una constante utilización de imágenes que denigran a las mujeres, nos transforman en objetos sexuales predestinados a entretener y a servir con nuestros cuerpos y nuestra belleza al público masculino. Sin embargo los insultos más utilizados nunca se olvidan de las mujeres ni de ciertas partes de nuestros cuerpos. Tampoco han disminuido los chistes sexistas, que hasta los presidentes de los países en cumbres oficiales se permiten pronunciar como parte de su hábito protocolario. Y las canciones, tantas canciones que gozan de una popularidad enorme a pesar de conllevar una carga de odio a las mujeres y de violencia hacia nosotras. Desde tangos que insinúan que todas somos rameras hasta temas de reggaeton que deberían ofender a la dignidad humana pero por alguna razón no lo hacen. Los chicos y las chicas cantan y bailan al son de «Pum, pum, te maté», «Le gusta el bate a la mujer del pelotero», «Cric, crac, te partí el cuello» o «Dime cuánto es que ella vale». Lo realmente horrible es que haya hombres que han escrito las letras de estas canciones, hombres que quieren cantarlas y gente que quiere escucharlas.

Las olvidadas

Esa violencia simbólica subyacente predice, precede y consolida la violencia psicológica, la violencia física, la violación, las relaciones sexuales obligadas, el incesto, el acoso sexual, el embarazo forzado, la heterosexualidad obligatoria, el aborto forzado, la trata y el tráfico de mujeres con fines de explotación sexual o laboral, la expropiación de bienes, el no acceso a la propiedad, la explotación sexual y/o laboral de las niñas y las mujeres. Predice la muerte. Y aunque cada vez más a menudo se puede leer en las páginas de prensa de todo el mundo, en los comunicados de las políticas y de los políticos, en los informes de organizaciones locales, regionales y globales, que una de cada tres mujeres en el mundo es golpeada, violada o maltratada a lo largo de su vida, en la práctica parece irrelevante. Los grandes líderes aún son capaces de mirar a través de la violencia que sufrimos las mujeres en sus múltiples formas para obviarlo en sus reuniones mundiales sobre política, economía o seguridad. Las reuniones, donde las mujeres siguen ausentes. Pero tampoco en ello ven nada distorsionado o alarmante.

Unos días después del 25 de noviembre de 2011 se celebró en Berlín una conferencia empresarial, donde los expertos e inversores locales, en masculino plural, decían que Latinoamérica superará en unos años a Europa, porque dada la importancia económica de América Latina, “nosotros los necesitamos más a ellos que viceversa”. Lo advirtieron, según los medios de comunicación latinoamericanos, los expertos e inversores europeos. Siempre en un masculino plural riguroso, de trajes oscuros y corbatas azules, de varones a varones.

Todo esto mientras las mujeres realizan el 66% del trabajo en el mundo, producen el 50% de los alimentos, pero reciben el 10% de los ingresos y poseen sólo el 1% de la propiedad, según los datos de ONU Mujeres. Todo esto mientras en América Latina tres de cada diez mujeres no reciben ningún tipo de ingreso y dependen de otros, así en plural masculino, para subsistir. En las zonas urbanas, el porcentaje de mujeres sin ningún tipo de salario, subsidio o pensión, se sitúa en el 31.6%, mientras que la de hombres llega solo al 10.6%, y en las zonas rurales asciende al 43.9%, comparado con el 13.6% de los hombres, según los datos de CEPAL. Por cierto, las estadísticas oficiales las clasifican con una soberbia ciega y cruel como inactivas. ¡Inactivas! Se dedican de sol a sol a quehaceres domésticos, y del campo, labores de nunca acabar, diarias, agotadores y repetitivas, necesarias para el cuidado y la reproducción de la vida humana. Trabajo no remunerado, aún cuando su valor equivaldría a un 30% del Producto Interior Bruto de cada país de América Latina, y claro, sin días feriados. En un cuaderno lanzado por Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en el otoño de 2011 en Colombia denuncian la triple discriminación sufrida por las pobladoras del campo, porque “están excluidas de la vida económica, social y política por ser mujeres, por ser moradoras del campo y por el impacto desproporcionado que el conflicto armado y otros formas de violencia generan sobre ellas”.

La abismal diferencia económica, de oportunidades laborales y de trato entre los dos sexos se refleja en miles de noticias, cifras, números e informes así. Cada día, sin cesar, sin final a la vista. Y más en la crisis actual, donde la militarización del mundo y de la economía, la violación de los derechos, del significado del trabajo, de nuestra Tierra, no está separada de las violaciones de nuestros cuerpos y mentes. Es la misma cosa.

Y en estas circunstancias no se puede hablar de la paz. Estamos en un estado de guerra continuo, parecido a cuando un grupo armado llega a una propiedad y exige que los miembros del ejército sean atendidos, servidos, cuidados solamente por mujeres, y personas secuestradas son obligadas a través de violencia física y amenazas a realizar labores domésticas y actos de tipo sexual. Solamente que pasa a gran escala. Y la violencia sexual cometida por las fuerzas de seguridad en el marco de las luchas por los recursos naturales y la defensa del territorio es una táctica de guerra. Lo ha sido siempre. Pero como no se hablaba de ello parecía que no existía, aunque en Colombia, de 2001 a 2009, cada 44 minutos una mujer fue violada por hombres armados. ¡Es imposible que nadie lo supiera! Prefieren hablar de los héroes, nadie quiere hablar de las victimas, de las mujeres y niñas desplazadas internas, de las refugiadas, diariamente expuestas a altos niveles de violencia y no solo durante el conflicto, sino también durante la huida y el desplazamiento. En ocasiones hasta el mismo país de asilo, cuando el término asilo se refiere a la protección y amparo hacia personas. Sin hablar de los campos de refugiados, donde no se puede fiar ni de los Cascos Azules, cuyo nombre oficial, he aquí otra paradoja, suena grandioso, esperanzador y hermoso: Las Fuerzas del Mantenimiento de la Paz…

“Estoy cansada de la pasividad de los hombres buenos. ¿Dónde diablos están?” La  pregunta la arroja desde las páginas del Huffington Post, dos semanas antes del 25 de noviembre de 2011, la reconocida autora Eva Ensler. “Ustedes viven con nosotras, nos hacen el amor, son nuestros padres, nuestros amigos, nuestros hermanos, se nutren de nosotras, son nuestros hijos, y son eternamente apoyados por nosotras, entonces, ¿por qué no están luchando junto a nosotras? ¿Por qué no se vuelven locos y actúan por las violaciones y las humillaciones de nosotras?”

Palabras duras dando forma a la duda palpable, a la inquietud de tantas luchadoras cuando miramos a los ojos de nuestros amantes, compañeros, nuestros hermanos para ver hasta el fondo de sus almas, preguntándoles con amor, aunque demasiadas veces en silencio: los hombres buenos, ¿no lo ven? ¡Esta lucha es también su lucha!

Ellos dicen que son hombres distintos. Freddy Calderón y Damián Valencia tienen 18 años y son miembros de los Cascos Rosas, una red de hombres jóvenes ecuatorianos unidos contra el machismo. Editaron un manual del Neo-masculino, llevan a cabo labores de concienciación entre jóvenes varones, charlas en las escuelas, las calles y participan en festivales de música pero el hogar, reconocen, es con frecuencia el campo más difícil. Lo describe bien el caso de Freddy cuando sugiere que su madre debe salir de la cocina, sus familiares le toman por loco y tratan de convencerle de que es demasiado joven para entender cómo es la vida.

¿Y cómo es esa vida que hay que entender?

Miles de millones de mujeres en el mundo golpeadas, maltratadas, violadas y una cifra astronómica de ellas, 603 millones, viviendo en países donde la violencia de género ni siquiera es considerada un delito. ¿Se puede llamar vida a eso? Cuando la principal causa de muerte, discapacidad y pobreza para las mujeres y las niñas de entre 16 y 44 años de edad no la constituye ni el cáncer ni los accidentes de tráfico ni las drogas. Es la violencia contra las mujeres… por el hecho de ser mujeres.

Aquel viernes, el 25 de noviembre de 2011, en el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, las ventas de armas en Estados Unidos registraron cifras récord. Lo llaman el viernes negro. Negro como la vestimenta de las mujeres en sus manifestaciones silenciosas en Uruguay protestando el mismo histórico día de ventas de armas contra el militarismo y la violencia. Negro como el Río Negro en Argentina, la segunda provincia con mayor cantidad de víctimas de violencia machista. Millones de estas armas son contrabandeadas desde Estados Unidos al vecino México y Centroamérica y eso tiene un impacto directo sobre la vida de las mujeres. No existen muchos datos precisos sobre la correspondencia entre presencia de armas de fuego en hogares y feminicidios pero con los números de una comisión legislativa en México nos podemos hacer una idea. La comisión cifró qué más del 40% de las casi 35 mil mujeres asesinadas por razones de género entre los años de 1985 y 2009, fueron por armas de fuego. Revelando que hay mayor violencia contra las mujeres donde se concentra una mayor cantidad de armas de fuego, porque mientras en el imaginario colectivo prevalece el concepto de masculinidad violento, portar un arma es la manera de imponerse por excelencia, la manera más radical de dar miedo. Y las mujeres tienen miedo a los hombres que deciden tener armas en sus hogares, porque saben que en la mayoría de los casos son ellos los que las van a usar y las van a usar contra ellas.

Lo más extraordinario de este nexo es que casi nadie habla de ello, aunque fuera una obviedad. Como si al lado de las balas, cuando se trata de poder, las palabras no importasen.

Pero en Ecuador quieren demostrar lo contrario. Cartas de Mujeres es un proyecto bello pidiendo que les contemos historias únicas, que les contemos la nuestra. Quieren cartas de mujeres que viven en la frontera norte, de mujeres políticas, mujeres con VIH-SIDA, mujeres afrodescendientes o indígenas, mujeres que no suelen ser escuchadas, a las que no les dan la palabra. Porque las palabras importan, porque tienen alma, como escribió Guy de Maupassant, y es necesario encontrar esa alma que aparece al contacto con otras palabras. Para nombrarnos a nosotras mismas, para nombrar a lo que pasa en nuestras vidas. Ver donde nadie quiere ver esas desigualdades, esas injusticias reinantes y sus tremendas consecuencias para la calidad de vida de las mujeres, para su libertad, para la felicidad humana. Y contarlas.

La líder indígena Mirna Cunningham siempre lo ha entendido así. Para comprender algo humano, personal o colectivo, hay que contar historias, dibujar personajes, pintar imágenes, llevar a la audiencia, que puede consistir de una o de miles de almas curiosas, contigo a las tierras lejanas, a los pueblos desconocidos que nunca son tan lejanos ni tan desconocidos. Y lo hizo otra vez un martes lluvioso en Ciudad de Panamá, porque no importa tanto cuándo ni dónde, importa el acto en sí. Con su voz aterciopelada, en palabras hermosas, poéticas, resumió para sus pueblos y para todo el mundo lo que significa ser indígena. Para que veamos, para que comprendamos, para que reconozcamos por qué existe el llanto, la rabia y tanto dolor en sus vidas. A pesar de que las indígenas son fuertes y valientes, maestras, sabias de la medicina tradicional, curanderas del alma, las que hablan con sus espíritus del lago y del bosque, y lo hacen en más de 600 lenguas diferentes, las que conocen a las piedras, sus energías vitales y saben cuándo el Universo, cuándo la Madre Tierra se está quejando y cuándo está en paz. A pesar de tanta riqueza, tanta sabiduría valiosa, aún así sufren violencia atroz. Por ser mujeres, por ser indígenas, por no hablar español, por tener un estilo de vida diferente. Por ser lo que son.

De todo eso se habló también hace 30 años en Bogotá. Las feministas de la región se habían reunido para preguntarse lo que significa haberse hecho mujer en una cultura patriarcal racista, sexista, clasista y heterocéntrica con su horrenda colonización y expropiación de los cuerpos de las mujeres, para denunciar esta lacra mundial que es la violencia contra las mujeres. Una violencia de dimensiones estructurales y experimentada en una manera u otra en cada una de las vidas humanas.

Fue justo ahí, en Colombia, durante el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe en 1981, donde decidieron declarar un día para tener presente lo que significan las múltiples violencias contra las mujeres y para pedir políticas y responsabilidades de los Estados. Se escogió el 25 de noviembre. Día conmemorativo del asesinato de las hermanas Mirabal en el año 1960 por parte de la policía secreta del dictador de la República Dominicana. Patria, Minerva y María Teresa eran tres jóvenes mujeres activistas políticas, que a pesar de las amenazas, la tortura y la violencia sufrida seguían con su lucha política. Reivindicando y demostrando que una vida sin causa no tiene efecto. Se les conocía como Las Mariposas por ser este el nombre secreto de Minerva en sus acciones políticas clandestinas. Quizás por ello no nos sorprende el descubrimiento reciente de los científicos, que los revoloteos aparentemente indecisos de las mariposas son de hecho decididas trayectorias de vuelo. Es algo que ya sabíamos.

Y ahora, después de tantos años de lucha y tantas ciudades, países diversos, las feministas son más, más fuertes, más influyentes, sus voces suenan más poderosas, llegan más lejos, más alto, a más oídos. Porque la sustancia misma de lo humano es la capacidad de resistencia, la capacidad para rebelarnos contra las injusticias, para no rendirnos. Por eso seguimos denunciando, desatando, desnudando, compartiendo en Bogotá, en Río de Janeiro, en Lima, en todo el mundo y mientras celebramos los avances no paramos de trabajar, reanudar, luchar, porque entendemos que esa es la mejor manera de decir que si bien esta revolución no ha sido en vano, aún no está acabada.

“No tengan miedo de condenar la injusticia, aunque estén en minoría. No tengan miedo de buscar la paz, aunque hablen con una voz débil,” alentó Ellen Johnson Sirleaf el 10 de diciembre de 2011 en la ceremonia de entrega de Premio Nobel de la Paz. Dedicó al galardón, compartido junto a su compatriota Leymah Roberta Gbowee y la yemení Tawakkol Karman por su lucha no violenta por la seguridad de las mujeres y sus derechos, a todas las mujeres en el mundo. Grandes palabras de grandes mujeres.

 

* Este texto de Anna-Maria Pennu fue publicado originalmente el 8/3/12 en Plaza Pública, bajo licencia de Creative Commons. Es una adaptación de un texto original de la autora para ONUMujeres.