El arte de celebrar las historias rotas


El arte de celebrar las historias rotas

Las relaciones terminan. Se rompen. No solo relaciones de pareja, también las de amistad, las de familia, las de estados, las de naciones y tribus. Y el final duele. Siempre. Independientemente de si la iniciativa era tuya o todo empezó ser cuestionado desde el otro lado. Duele. Es triste. Una tristeza profunda, desgarradora.

De repente ya no queda ni una huella de todas esas sonrisas, besos y abrazos compartidos, regalados, recibidos que tan felices nos hicieron, que tan especiales y tan amados nos hicieron sentir. Ya parecen no estar. No somos capaces de ver a la persona en todo su esplendor, en su luz divina. No vemos el paraíso que llevamos todos dentro con sus aromas, su bienestar, su vida de hace un tiempo. Ya no respiramos amor.

¿Cuándo nos volvimos tan desagradables y tan susceptibles?

Y aquí estamos, atrapados en un túnel estrecho, a oscuras y nos falta el aire. ¡No se puede respirar aquí!, gritamos entre la rabia, el rencor y las lágrimas tras una discusión que de nuevo en vez de acercarnos nos has llevado todavía más lejos del otro. Sigue un silencio ensordecedor o un portazo que hiela la sangre. Un abismo. Sigue una espalda, palabras de amor sin contestar, una mirada dirigida a cualquier punto menos a ti. No podemos ni mirarnos ya.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

No importa, decimos, nada de esto importa ya. Hay demasiados reproches entre tú y yo. No podemos seguir así, haciéndonos daño, herirnos. No sé hacerte feliz ni tú a mí. Y suspiramos. Llega la calma, una calma que pesa a la vez que libera. Te he perdido, pero he ganado libertad, pensamos para darnos esperanza, darnos paz. La vida, a pesar de todo, es maravillosa. Y vamos a estar bien, vamos a estar mejor sin tantas complicaciones y lecciones y exigencias a nuestra manera de ser, de hacer, de vivir. Todo está bien, repetimos el mantra y podemos dormirnos por la noche.

Se acabó.
Final.
Vacío.
Nueva vida.
Nuevas oportunidades.
Mucho mejor así.
O eso dicen…

El otro día me hablaron del arte tradicional japonés llamado kintsugi. Significa la reparación de porcelana rota: los japoneses reparan objetos despedazados, enaltecen la zona dañada y rellenan las grietas con oro. Ellos creen que cuando algo ha sufrido un daño y tiene una historia, se vuelve más hermoso. Se realiza con un adhesivo fuerte, rociando luego con polvo de oro o de plata la zona.

El resultado es que la cerámica no sólo queda reparada, sino que es aún más fuerte y hermosa que antes. En lugar de tratar de ocultar los defectos y las grietas, estos se acentúan y celebran, ya que ahora se han convertido en la parte más fuerte y bella de la pieza.

Esa es una tradición preciosa. La idea de resaltar la fortaleza adquirida a través de momentos duros, momentos que te han roto del todo, no avergonzarte de ellos sino reconocerlos como parte de tu aprendizaje, parte de tu camino y venerarlos como tales es reconfortante, sí, pero sobretodo es esperanzadora, madura e inspiradora. Da otro significado a nuestros pesares y malentendidos y las idas y las venidas. A todas esas tormentas, orgullosos heridos y almas encogidas.

Nos recuerda que cada relación íntima, la que te toca de lleno, de cerca, muy de cerca, la que te permite disfrutar del alma del otro, con todas sus luces y con todas sus sombras, sigue siendo milagrosa y bella. Porque no pasa a menudo pero cuando pasa, te cambia la vida entera.

Hay que ser grande, hay que ser valiente para atrevernos ser vulnerables y amar. Y si nos caemos de bruces, levantarnos y ayudar a levantar el otro con ternura, con mucha ternura. Porque hemos sido grandes, hemos sido valientes. Hemos sido humanos.