Crónica de una noche eterna


Crónica de una noche eterna

Me voy a la cama a las 22:30. Tras haber cenado y dado pecho a E, que se quedó despierto con J en el salón, viendo la televisión mientras espera su toma de medianoche. Por las mañanas me preocupa un poco esa influencia nefasta tan temprano en su vida, pero por las noches me da igual. La cama está caliente. Mis pantalones de pijama se me han quedado grandes; desafiando todas las leyes físicas, se me caen incluso estando echada, pero puede que no sea por la pérdida de peso sino porque son viejos y la goma se habrá estirado. Pero eso no importa, estoy en la cama por fin. Silencio, sola, a oscuras. Disfruto de antemano el descanso que me espera. Disfruto de poder estar sin él.

A las 0:53 J trae a E a la cuna. E gruñe, tiene gases, tiene mocos, silba, se queja con voz suave y le cuesta dormir. Los bebes no son silenciosos y yo ya no estoy tranquila. Sé que pronto tendrá hambre. Solo he podido dormir 2 horas y pico.

2:19. E gruñe más fuerte, se mueve, se queja. Le cuesta respirar, silba a través de la nariz y me parece que tiene algo parecido a una araña peluda en la garganta como los ancianos. Y todo esto teniendo el humidificador puesto toda la noche. No me lo explico. El lunes se lo comentaré a la pediatra, si me acuerdo. Pero no prometo nada. El otro día, y por tercera vez consecutiva, se me olvidó llevar el bolso de E con sus pañales, cremas y toallitas húmedas conmigo cuando salimos de casa, así que no estoy segura de recordar nada ya.

Hace frío. La habitación está húmeda. Le cojo de la cuna y le pongo el pecho derecho que está a punto de explotar. La leche sale disparada hacia su boca, él ansioso traga y traga, pero le cuesta porque la nariz no funciona del todo bien y se atraganta. Pasan segundos interminables mientras él intenta coger el aire, volver a respirar. J se despierta, qué le pasa, me pregunta. Pues lo de siempre. Ansia viva, hambre feroz y mucha leche. E por fin coge aire suficiente con sus pulmones pequeños y comienza a respirar con normalidad relativa. Se queda con los ojos cerrados en mis brazos. La leche gotea de mi pecho derecho abandonado. Sigue muy duro. Pongo E al pecho de nuevo, aprieta los labios en claro gesto de negación así que le coloco a la cuna para poder sacarme toda la leche que no quiso.

Son las 3:03. Estoy sentada en la cama, una pierna cruzada sobre la otra, sacándome leche mientras miro la ventana con la persiana bajada y escucho a E gruñir. ¿Cómo he llegado hasta aquí?, me pregunto y sonrío ante la imagen que ofrezco. Podría aprovechar estos momentos de desvelo para pensar, escribir en mi mente mi novela a medias, pero no se me ocurre nada. Como siempre, antes de comenzar un nuevo capítulo, me cuesta horrores encontrar el hilo, el tono, la imagen y, sin embargo, no soy capaz de aprovechar estos minutos valiosos. Solo pienso que llevo despierta ya mucho rato y se me ha ido el sueño. Lo pienso varias veces entre las veces que me digo que no debería estar pensando en eso. Saco mucha leche, unos 80 ml. Por si acaso, no miro el reloj cuando me acuesto de nuevo.

4:38. E sigue durmiendo. Casi ni se le oye ya. Ni gruñidos, ni respiración fuerte ni silbidos. Pero, ¿respira? Toco su pecho que me cabe en la palma de la mano y que debajo de la montaña de mantas apenas nota subirse y bajarse. Hace mucho frío ya en esta casa. Ha llegado el otoño con esas lluvias tremendas de los últimos días. Hay que encender la calefacción, no nos queda otra. Pongo mi dedo debajo de su nariz. Sí, respira. Se sobresalta un momento, con los dos brazos diminutos cogiendo el aire, porque en la oscuridad toco su cara, pero vuelve a dormirse. Tiene que estar a punto. Igual que mis pechos. Son ya 4:49.

Voy al baño a orinar y ahí enciendo el calefactor y la luz para poder cambiarlo con comodidad. Soy una madre estupenda, tan previsora. Después vuelvo a la cama a sacarme leche para que no salga ya tanta de golpe. De nuevo sentada en el borde de la cama, mirando la ventana. A través de las persianas se ve la luz amarilla de las farolas. Es de noche y yo estoy desvelándome del todo. A ver, ¿dónde me quedé? Ah sí, ahora viene el capítulo sobre los últimos minutos del día de las elecciones presidenciales, del cierre y del conteo de votos. Podría comenzar con una imagen del campo de fútbol que estaba al lado y donde estaba jugando un equipo de cuatro chavales contra otro equipo de seis. Iban ganando los primeros, y eso en un contexto político tiene su gracia.

¿No se despierta? Si ya han pasado 2 horas y media de su última toma. Le miro. E duerme tranquilo, sin ruidos mientras ahora es J que suelta una flatulencia sonora y larga. Antes me hubiera enfurecido, pero ahora me hace gracia. La maternidad lo cambia todo. Sigo sacando leche y de repente ya no succiona el aparato. Miro la botella, está llena, 150 ml. Me levanto, voy al baño a apagar el calefactor y la luz. Bajo las escaleras hasta la cocina para guardar la leche en un tarro y tener la botella de nuevo libre. Viene Agnes mirándome. Me pregunta con sus ojos verdes de gata mágica qué estoy haciendo a estas horas por allá. ¿No me ves? Ahora soy responsable, ahora soy una madre, le explico mientras le acaricio y le pongo un poco de pienso. Come. Más para complacerme que por hambre.

Vuelvo a subir las escaleras, me echo a la cama sin sueño. Pero cierro los ojos, me dejo llevar por el peso de la manta. E sigue durmiendo y yo empiezo a volar hacia otro lugar más oscuro. Pasan cinco minutos, quizás son solo tres, y E empieza a moverse. Un gruñido. Otro. Me giro, pongo el dedo meñique en su boca que lentamente agarra, no muy fuerte, pero suficiente para que me levante a sentarme de nuevo, le coja y le pongo a mi pecho izquierdo. El pecho vago, como lo llaman. Empieza a succionar, con tranquilidad. Son las 5:06. El pecho derecho, el productivo, empieza a gotear y trato de colocar el sacaleches para recoger cada gota. Es desesperante. Mientras coloco uno, el otro sale de la boca donde tiene que estar: la de E o la del sacaleches. E come, quizás cinco minutos, quizás ya han pasado diez, y se queda dormido. Le huelo. Me hace sonreír, le huelo de nuevo y cierro los ojos. A menudo lloro. De emoción, de felicidad, me digo.

Me levanto para cambiarle el pañal. Hay caca, su culo está rojo, le pongo crema, mucha crema, se caga de nuevo, le limpio y pongo más crema, se caga de nuevo, liquida y amarillenta, le limpio de nuevo, y pongo más crema. Abre sus ojos, hace fuerza, está rojo intenso y un poco molesto. Lógico, son las 5 de la madrugada. Todo el mundo estaría molesto menos las madres recientes a quienes nos encanta todo esto. Consigo colocarle el pañal y le doy un poco más de pecho sentada en el inodoro. En el baño estamos calentitos. Se queda dormido plácidamente y le llevo a la cuna. En cuanto toca la sabana empieza a moverse, quejarse, subir las piernas hacia su barriga para poder echar los gases, pero no tiene abdominales y eso le enfurece. Le cojo de nuevo para sacarle aire, para tranquilizarle, para dormirle. No le gusta mucho la postura, pero al final se relaja, aunque no del todo. Tiene los ojos abiertos y me mira desde mi pecho. ¿Qué hago ahora, mi amor? Le ofrezco el pecho derecho, lo succiona un poco y se queda tranquilo. Ni gases, ni gruñidos, ni respiración fuerte. Le pongo en la cuna, al principio empieza a retorcerse, pero al final se duerme. Cojo el sacaleches y mi móvil. Son las 5:58. No tiene sentido echarme ya. Voy a prepararme café y desayunaré, aunque fuera es de noche todavía. Tengo un hambre feroz.

Son las 8:02. Entre el desayuno, hablando con mi madre sobre su nueva cocina, con D sobre quedar el lunes para tomar un café y viendo el Facebook, donde la gente habla solo de Bob Dylan y de Donald Trump, que ante el nacimiento de una nueva vida no tienen importancia ninguna, el tiempo se me ha pasado volando. Dos horas sin hacer nada útil. Al menos he abierto el archivo de mi novela. Y he donado 30 euros para que una directora pueda hacer un documental sobre la violencia de género en Estonia. Algo es algo.

E sigue durmiendo. El mundo sigue a oscuras. ¿No deberíamos cambiar la hora ya?

Se despertará enseguida. Mis pechos lo anuncian, aunque haya sacado 50ml más. Ahí está. Le oigo. Come con ansia pero tranquilo, la leche no sale disparada. No se atraganta y se queda dormido. Pero tengo que cambiarle el pañal y eso le despertará. Luego estoy casi media hora para dormirle de nuevo. En los brazos, con gases, mirándome como si no me conociese. Mirando a través de mí. Le sonrío, le susurro palabras, pero nada funciona. Al final no hago nada. ¿Quiénes son esa gente experta en las revistas que recomiendan cantarles? En cuanto comienzas con “Duérmete, niño, duérmete ya…”, te miran con los ojos como platos. Yo he dejado de hablarle o cantarle mientras trato de dormirle porque le excita, le pone en alerta, le estimula. O igual le molesta, porque su brazo en puño se mueve sospechosamente cerca de mi cara. Así que le paseo por la casa. En silencio. Soy invisible. Para que no se asuste y piense que flota solo alrededor de la casa, de vez en cuando apoyo mis labios con ternura en su frente y le mezo. “¡Duérmete, amor, por favor!” le digo sin voz, con el corazón. Y me hace caso.

Son las 8:53 y le he dejado en la cuna porque estaba a punto. Le oigo gruñendo mientras trata de sacar más gases. No comprendo cómo puede seguir teniendo gases tras los meneos que le doy. Yo ya no tengo ni uno. Pero él sí, ahí están. Ya se queda, me parece.

J sigue durmiendo, poco a poco se está haciendo la luz. Son las 9:00. Y yo vuelvo a tener hambre.