Confiar que cuides de mí (aunque tenga los ojos vendados)


Confiar que cuides de mí (aunque tenga los ojos vendados)

En la formación teatral existe un ejercicio que consiste en crear un círculo amplio mientras a una persona se le vendan los ojos, le dan dos vueltas y le empujan con suavidad para que camine por el espacio. La persona sabe que hay un grupo de gente alrededor, se le dice que no le dejarán chocarse contra la pared y le pararan antes de que cualquier obstáculo en su camino considerado peligroso le pueda herir.

Le dicen que esa gente cuidará de él o de ella. Solo debe caminar. Eso sí, a ciegas, con los ojos vendados. El ejercicio trabaja y construye la confianza en un grupo donde las personas no se conocen, pero en aquel momento preciso comparten el tiempo y el espacio y tienen un objetivo en común.

El reto reside en confiar en alguien a quien no conocemos.

Hay gente que da dos, tres primeros pasos y se queda paralizada. No es capaz de seguir. Porque no ve por dónde va, qué le espera delante y a pesar de haberle asegurado que la gente cuidará de ella, no confía en que sea cierto. Quizá porque no los conoce y en la oscuridad el mundo entero cambia. Quizá porque los extraños no suelen hacerlo, porque no está acostumbrada. Sin embargo, luego hay gente que camina con seguridad hacia todos los lados encontrándose con los brazos de las personas que le paran antes de que salga del círculo, le giran con ternura hacia el camino espejado y seguro, le cuidan.

Realizando el ejercicio en América Latina y en Europa se ha descubierto una diferencia notable en el comportamiento de los participantes. Las latinas y los latinos (aunque como siempre, hay excepciones) empiezan a dudar tras los primeros pasos hasta detenerse del todo mientras las y los europeos pasean con confianza por el espacio. Igual que caminamos por el mundo.

Es obvio que en el espacio público –de relaciones sociales, económico y político– todo tiene vocación de dejar huella en la colectividad y en la intimidad de cada uno. Determinadas realidades condicionan nuestro modo de existencia y de conciencia, moldean una cierta ética para nosotros y por tanto, restringen los espacios, los límites y las personas que consideramos merecedores de nuestra confianza.

Pero ¿qué entendemos por la confianza?

“Es mi sensación de empatía con usted, la creencia de que usted va a cuidar de mí, y que usted tiene ese sentimiento recíproco respecto de mí”, explica de manera simple y brillante Kristine Billmeir, la decana de Educación Continuada de la Universidad de Columbia. Lo hace en esta una entrevista. “Es una necesidad básica: desear no estar solo en el mundo y saber que hay alguien a quien le preocupan tus necesidades e intereses.”

Es esto lo que buscamos en la pareja, en las amistades, en la familia: la creencia de que van a cuidar de nosotros. Pero no solo ahí, lo buscamos en casi todos los sitios porque lo necesitamos, porque nos hace la vida más agradable, más fácil, la posibilita. El otro día lo pensé mientras iba en mi auto y llegué a una rotonda, donde un Fiat rojo indicó cinco segundos antes (ojo, cinco segundos antes) que iba a girar a la izquierda en la salida anterior y lo hizo dejando vía libre para mí, y me dije: “Esto también es confianza: en otra gente manejando, en las reglas del tráfico”.

Una semana más tarde estaba siguiendo con una mezcla de ilusión, desasosiego e indignación las conversaciones entre Grecia y el Eurogrupo, y aunque llegaran informaciones más que preocupantes sobre cómo estaban las cosas, seguía confiando en que la elite política europea llegará al final, en el último momento, a un acuerdo decente para cuidar de pueblo griego. Confié en que los ministros de finanzas y los presidentes de los gobiernos de Europa cuidarían de todos sus pueblos. Que cuidarán de mí. Porque ¿para qué sirve un país y un gobierno si no es para cuidar de la gente, de preocuparse de sus necesidades e intereses? Pero me equivoqué.

Y ahora, alguien, ¿quizá Wolfgang Schäuble o Jean Claude Juncker o Angela Merkel?, me pueden explicar cómo se sigue desde aquí, desde esta situación desastrosa. Pero no. Ya no me fio de su palabra ni de su supuesta buena voluntad y saber hacer. Sin embargo, viene la filósofa Martha Nussbaum y ofrece un consejo para cómo vivir con esa fragilidad humana hecha tan patente a la luz de estos acontecimientos: “Ser un buen ser humano es tener una especie de apertura al mundo, la capacidad de confiar en cosas inciertas más allá de su propio control.”

Así que confiar, confiar, confiar que me cuiden mientras vaya dando pasos con los ojos vendados.